UN HELADO PARA ELENA

 

 

-¿Qué va a tomar?

- Un mosto bien frío y media tostada de tomate, contesté indiferente al camarero.

 

Encontré una agradable sombra en la terraza y esperé que me sirvieran, sin concentrar mi atención en nada en particular, dejando pasar, como una sinfonía lejana de Domingo el ruido de los motores de los vehículos, el aleteo incesante de las chicharras, las voces anónimas que escupen las casas abiertas de par en par, el tintineo de cucharillas y vasos en las mesas cercanas, cuando algo me hizo fijar la mirada al frente.

 

Una niña, de unos cuatro años calculo, vestido corto amarillo con ositos bordados, sandalias de playa a juego, unos ojos expresivos, vivaces, que se dejaban ver gracias a unas horquillas que recogían su media melena, lacia, castaña, y flotador en mano, se acercaba con cara de pocos amigos, junto a su madre, a la puerta del bar;

 

-¡¡Quiero un helado!!, reclamó. Al ver la cara de la madre, sabía que no era la primera vez que lo hacía desde que salieron de casa.

-¡¡Elena!!,¡¡no hay helado!!, sentenció la madre sin mirarla.

-¡¡ Si quieres helado, ya sabes que te quedas sin baño!!.

 

La niña se quedó inmóvil en la puerta, la cabeza hacia abajo, brazos cruzados, sin soltar su flotador mientras su madre traspasó la puerta, lo supe después, en busca de su dosis diaria de nicotina.

 

-Estás jodida Elena, no se puede tener todo en ésta vida, chiquilla, pensé mientras esbozaba una media sonrisa sin dejar de mirarla.

 

En esto salió aliviada su madre por la puerta, y la niña, como sopesando una respuesta infalible, un jaque mate terminal, levantó su cabecita con fuerza y advirtió:

 

-¡¡ Voy a llamar a Peter Pan para que venga y me consiga el helado!!

 

Mi sonrisa se borró de un plumazo, transformándose en incredulidad ante la respuesta.

La madre, mirando a otro lado, la agarró por la muñeca y la arrastró calle abajo hacia la playa mientras Elena insistía en invocar a su amigo.

 

Y mientras la observaba alejarse tuve claro dos cosas; Que la frustrante determinación de límites que la niña estaba aprendiendo sin saber, le serviría para afrontar el resto de su vida, y con la misma clarividencia deseaba, por unos segundos, mientras entretenía a Vicente, el del bar, que en la mejor de las escaramuzas, Peter y sus muchachos se adentraran hasta la cámara frigorífica  para coger el helado, que de sobra sabían, era el preferido de su amiga.

 

Y desde un segundo plano, como cuando la miraba en la puerta del bar, esbozar otra media sonrisa, viendo a Elena chapotear de alegría, los ojos saliéndosele de las órbitas, mientras Peter y los chicos se acercaban a ella con paso decidido, en ésta mañana calurosa, plomiza, tan llena de ruido y de gente, tan cargada de realidad.

 

 Las Islas, 27 de julio de 2008

 

 

Comentarios

Estupenda tu primera entrada, a ver si le siguen más!!! Ánimo Pablo hay mucho ahí dentro síguele como diría alguién que conocemos ;)
Un abrazo nocturno


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